LA HISTORIA DEL DUEÑO DE UNA CAFETERÍA

QUE SE ACORDÓ DE UNA PAREJA DE CLIENTES QUE HABÍAN MUERTO

Por fin, subió la persiana de su cafetería, tras un mes de cierre. Absorto, se quedó mirando a la placita de enfrente y al portal, al otro lado, del que salían a diario Luisa y Jesús, clientes desde el primer día, y a los que la maldita peste se acababa de llevar. Ya no volverían a charlar del Elche y el Castellón ni a comerse los churros juntos, la tarde de Nochebuena. “Invita la casa”. Al otro lado, las histriónicas luces de Navidad de la calle, ahora apagadas, le parecieron redundantes, vacías.

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